viernes, 30 de enero de 2026

LA SOCIEDAD DE FERROCARRILES ELÉCTRICOS (I)

 

Un tren de mercancías del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo recorre la cuenca del riojano río Cidacos encabezado por la locomotora de vapor número 32 “Cascante”. Fotografía de Trevor Rowe. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

 

El 15 de enero de 1966 es una de las fechas más negras en la historia de los pequeños ferrocarriles de vía estrecha de nuestro país. Ese día, la antigua Feve procedió a la clausura de 282 kilómetros de sus líneas, repartidas por buena parte de la geografía española; los 24 kilómetros del Castro-Traslaviña, los 42 comprendidos entre Navalcarnero y Almorox, los 127 del Utrillas a Zaragoza, los 54 correspondientes al ferrocarril de La Loma y los tranvías de Linares y los 35 correspondientes al riojano tren de Calahorra-Arnedillo.

Aunque todos ellos son merecedores de un espacio en esta sección, en esta ocasión ésta se dedicará a recordar la historia del último de ellos, una pequeña línea que seguía prácticamente en todo su recorrido el valle del río Cidacos, al que acompaña en su camino hacia el Ebro. Operado por una empresa pomposamente denominada “Sociedad de los Ferrocarriles Eléctricos”, en realidad, su modesta vía métrica nunca conoció la catenaria y durante sus poco más de cuatro décadas de existencia siempre se operó con tracción vapor o con pequeños autovías impulsados por motores de combustión interna.

 Vista de las instalaciones de la estación de Calahorra-Tránsito, origen del ferrocarril de Arnedillo, en la que enlazaba con la red de vía ancha operada por la Compañía del Norte. Archivo Oskar Ramos Moreno


Los ferrocarriles del Ebro medio

Tras la construcción del corredor ferroviario entre Miranda de Ebro y Zaragoza, concluido en 1863 por las compañías de los ferrocarriles de Tudela a Bilbao y de Pamplona a Zaragoza, pronto surgieron iniciativas para recorrer los valles de los diferentes afluentes del Ebro en esta zona y comunicar así las poblaciones más importantes del interior. Un elemento común a todos ellos fue la utilización de la vía estrecha, con una separación de un metro entre las caras internas de sus carriles, para abaratar al máximo los costes de establecimiento.

El primero de ellos fue el que unía la localidad aragonesa de Tarazona con la estación de Tudela de Navarra, inaugurado el 1 de enero de 1886. Un año más tarde, el 10 de agosto de 1887 se sumó el ferrocarril de Cariñena a Zaragoza, que facilitó el transporte de los vinos de la región a la capital aragonesa y, desde ésta, al resto de España.

 El 27 de mayo de 1889 se abrió al público el ferrocarril de Borja a la estación de Cortes, también a caballo entre las provincias de Zaragoza y Navarra. No sería hasta el 29 de septiembre de 1904 cuanto se inaugurase la cuarta línea de vía métrica de la región, la que comunicaba las minas de carbón de Utrillas con Zaragoza. En esa misma época se llegó a poner en marcha otro ferrocarril de vocación minera entre Olvega (Soria) y la estación de Castejón de Ebro, aunque problemas técnicos y financieros impidieron que llegara a funcionar formalmente. Tras años de abandono, en 1941 sería reemplazado por un nuevo trazado en vía ancha proveniente de Soria.

Durante los años de la primera guerra mundial se abrieron dos nuevos ferrocarriles en la zona. El primero entre Sádaba, Ejea de los Caballeros y Gallur, el único situado en la orilla izquierda del Ebro y único también que cruzaba su cauce, inaugurado el 30 de diciembre de 1915 y pocos meses después entró en servicio la línea riojana de Haro a Ezcaray, que inició su andadura el 10 de julio de 1916.

Estación de Préjano, terminal provisional del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo durante 23 años. Archivo de Oskar Ramos Moreno


El carbón de Préjano

Fueron precisamente las circunstancias provocadas por la primera guerra mundial las que impulsaron la construcción de la última de las vías férreas construidas en el curso medio del Ebro: el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo. Hasta entonces, España atendía el 40% de su demanda de combustibles con la compra masiva de carbón de calidad en Gran Bretaña, pero la guerra submarina y el descenso de la producción británica al movilizar millares de sus mineros como soldados, provocó la primera gran crisis energética que ha vivido nuestro país. No hay que olvidar que, en una época, este combustible era el que impulsaba la industria y el transporte, además de resultar esencial en el sector doméstico.

Para intentar paliar este problema, el gobierno hizo todo lo posible para fomentar la extracción de carbón nacional. Entre otras muchas medidas, el 14 de marzo de 1918 promulgó la Ley de ferrocarriles carboneros, norma con la que pretendía reducir los plazos para la gestión de concesiones ferroviarias que tuvieran como objeto facilitar el transporte de carbón desde las minas hasta los centros de consumo. Lamentablemente, los resultados prácticos de esta ley fueron muy limitados, pues fue aprobada pocos meses antes del final de la guerra y, por consiguiente, de la progresiva normalización de las importaciones de carbones de calidad del extranjero, sobre todo de Gran Bretaña. De hecho, de los numerosos proyectos estudiados en aquel momento  únicamente se llegaron a construir el famoso tren de Ponferrada a Villablino y la línea que ahora nos ocupa.

Esquema del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo publicada en la Memoria de la Explotación de Ferrocarriles por el Estado 1941-1942. Se observa que la línea todavía no ha alcanzado su destino final y, también, la traza del ferrocarril minero desde la estación de Préjano a las explotaciones carboneras. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril 

La concesión del Ferrocarril Carbonero y Secundario de Calahorra a Arnedillo fue otorgada por el Ministerio de Fomento el 28 de mayo de 1920 a una empresa constituida con capital francés: la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos. Esta empresa pretendía impulsar varios proyectos ferroviarios en Galicia, Navarra y La Rioja, aunque de todos ellos únicamente llegó a construir la línea que recorre el valle del río Cidacos.

En principio, el propósito de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos era construir una línea de vía métrica con origen en la estación de Calahorra, situada sobre la línea de Tudela a Bilbao, que entonces operaba la Compañía de los caminos de hierro del Norte de España. Desde ésta seguiría el valle del río Cidacos hasta alcanzar la estación de Ariñano, ubicada a un par de kilómetros de las minas de carbón de Préjano. La conexión entre ambos puntos se completaría con un pequeño tren minero, con ancho de vía de 600 milímetros, hasta los yacimientos. Además, el proyecto también contemplaba la posibilidad de prolongar la vía métrica hasta el famoso balneario de Arnedillo.

Los promotores del proyecto pretendían levantar en Préjano una potente central térmica que consumiría los carbones de la zona, de escasa calidad para otros usos. Su producción, además de venderse a terceros, también debería de alimentar a las locomotoras eléctricas inicialmente previstas en el ferrocarril, aunque la catenaria nunca llegó a ser instalada y, finalmente, el servicio se inauguró con tracción vapor, una locomotora alquilada a los Ferrocarriles Vascongados.

Inauguración del ferrocarril entre Calahorra y Préjano, con un tren encabezado por la locomotora número 13 “Vizcaya” originaria de la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados. Colección Rada. Revista Carril


La construcción

Como nos recuerdan Lluis Prieto i Tur, Mariano Rodríguez Gonzalvo y Enrique Díez Gonzalez en su documentada monografía sobre este ferrocarril, los primeros proyectos ferroviarios entre Calahorra y Arnedillo, planteados a partir de la inclusión de esta línea en la Ley de Ferrocarriles Secundarios de 1908, pretendieron ahorrar al máximo los gastos de establecimiento. Para ello, inicialmente estaba previsto que más de la mitad de los 35 kilómetros del recorrido se implantasen sobre las calzadas de las carreteras existentes, de forma análoga a un tranvía. Esta propuesta, estudiada por el ingeniero Eduardo Carvajal Acuña fue rechazada por el gobierno, por lo que el proyecto definitivo, redactado en 1919 por Juan Cervantes Sainz de Andino, contemplaba la construcción de una explanación propia en todo el recorrido.

En julio de 1920 la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos lanzó los primeros concursos para la adjudicación de los diferentes tajos de la obra, así como para la adquisición del material preciso para su explotación. Los trabajos se desarrollaron con rapidez, gracias a la ausencia de obstáculos orográficos de relevancia, de modo que el 30 de mayo de 1922 se pudieron inaugurar los catorce kilómetros comprendidos entre la estación de Calahorra y Autol con un tren encabezado por la locomotora número 11, «Zarauz».

El ferrocarril de Calahorra a Arnedillo levantó junto a la estación de Arnedo las instalaciones necesarias para el mantenimiento de la línea, como es el caso de los talleres para el material motor y remolcado de la imagen. Archivo de Oskar Ramos Moreno

Desde luego, el topónimo con el que estaba bautizada la locomotora no parece tener vinculación alguna con la comarca que recorría el nuevo tren. Esta circunstancia tiene una fácil explicación; en realidad, se trataba de una máquina construida por la firma británica Nasmyth & Wilson en 1892 para el ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián, integrado en 1906 en la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados que, a su vez, la vendió en 1915 a la del Ferrocarril del Bidasoa. Este último, con estrechas vinculaciones en el accionariado y en algunos cargos relevantes con la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos, la había arrendado al tren de Calahorra a Arnedillo para encabezar los trenes de trabajo y a falta de máquinas propias, fue la utilizada en la inauguración.

El recurso a locomotoras de alquiler, incluso para actos tan importantes como la inauguración de la línea, evidencian la falta de recursos del concesionario, incapaz de disponer de su propio material motor. La escasa capacidad financiera de la empresa pronto se hizo patente en la renuncia a la electrificación del servicio o en la utilización de carriles usados, adquiridos de ocasión a la Compañía del Norte, en el tendido de la vía. Aunque la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos pudo continuar las obras y el 30 de abril de 1923 abrió al tráfico los tres kilómetros de la segunda sección, entre Autol y Quel; el 30 de agosto del mismo año sus trenes alcanzaban Arnedo, con otros cinco kilómetros, y el 31 de julio de 1924 otra máquina originaria de los Ferrocarriles Vascongados, la número 13 «Vizcaya» encabezaba el tren inaugural hasta Préjano, fue incapaz de completar los tres kilómetros restantes hasta Arnedillo, los de construcción más compleja, ya que el Cidacos se adentra en este tramo en el estrecho desfiladero de la Peña de la Cruz, que entre otras obras exigía la perforación de un túnel de más de 600 metros de longitud.

Vista de la estación de Calahorra-Tránsito. Foto Bella. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


Una explotación ruinosa

Ante la paralización de las obras y la imposibilidad de que el tren alcanzara el punto final de la concesión, la estación de Arnedillo, en 1927 los hermanos Martínez Pinillos, propietarios del afamado balneario de esta localidad, decidieron establecer un servicio de autobuses para poder trasladar a sus clientes hasta la estación de Calahorra. De inmediato, se estableció una feroz competencia entre sus flamantes coches Hispano-Suiza y el tren, lo que agravó aún más la delicada situación económica de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos.

Año tras año, la explotación del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo se cerraba con números rojos. Pronto, a los impagos a los proveedores se sumaron los retrasos en el abono de las nóminas a sus propios trabajadores y, en consecuencia, éstos se declararon en huelga el 16 de marzo de 1934. Tras seis días de paro, los ferroviarios pudieron cobrar parte de los haberes pendientes y el 23 del mismo mes retornaron al servicio, pero poco después se reiteraron los impagos y las huelgas, como la iniciada el 29 de mayo, que se prolongó durante dieciséis días. Para colmo de males, el 4 de julio la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos anunció que el 1 de agosto cesaría el servicio y el despediría a todos sus trabajadores ante el embargo de los ingresos de la línea en favor de sus numerosos acreedores.

Aunque gracias a las presiones de las autoridades locales y de los sindicatos se pudo conjurar el peligro del cierre, la situación económica de la Sociedad de Ferrocarriles Eléctricos no mejoró, al tiempo que algunos de sus rectores se veían implicados en diversos procesos judiciales por fraude y estafa. En consecuencia, pronto se volvieron a retrasar los pagos de las nóminas y, tras cuatro meses sin percibir sus salarios, el 27 de agosto de 1935 los trabajadores declararon nuevamente la huelga. En esta ocasión, los esfuerzos de los representantes políticos y sindicales de la zona para que se pudiera recuperar el servicio fueron estériles y éste no se pudo reanudar en los siguientes meses.

Las crecidas del río Cidacos dañaron las instalaciones del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo y retrasaron su reapertura tras la incautación de la línea por parte de la Explotación de Ferrocarriles por el Estado en 1936. Archivo de Oskar Ramos Moreno


La incautación

Ante la incapacidad manifiesta del concesionario, el 22 de mayo de 1936 el Ministerio de Obras Públicas decidió incautar el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo. Sin embargo, el estallido de la guerra civil dos meses más tarde, así como las crecidas del río Cidacos, que destruyeron varios tramos de la explanación ferroviaria, impidieron que los trenes volvieran a circular.

El 6 de mayo de 1938, en plena Guerra Civil, el gobierno franquista encomendó a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado la gestión de la línea. Pocos días más tarde, el 28 de mayo, una comisión encabezada por el director de esta entidad, Alejandro Mendizábal Peña, visitó las instalaciones y pudo constatar la imposibilidad de reanudar el servicio ante los problemas que presentaba la vía, arrastrada en algunos tramos por las aguas del Cidacos, así como por el deficiente estado del material móvil y de las instalaciones.

Finalizada la guerra, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado emprendió la reconstrucción de la línea, con la reparación de los terraplenes afectados por las riadas, la sustitución de traviesas y sujeciones y la renovación de la línea telefónica de comunicaciones. Además, se reforzó el parque motor, con la incorporación de dos de las magníficas locomotoras construidas en Trubia para el ferrocarril de Ferrol a Gijón, entonces todavía en obras, en concreto, las matriculadas con los números 7 y 9.

Una vez finalizados los trabajos de reconstrucción, el 12 de abril de 1942 se procedió a la reapertura del servicio entre Calahorra y Arnedo con la pompa y el ceremonial propios de la época. En todo caso, las reparaciones efectuadas fueron bastante precarias y en los años inmediatos fue necesario realizar nuevas inversiones para consolidar la vía que, además, no era la más adecuada para soportar las pesadas locomotoras del Ferrol-Gijón.

El 12 de abril de 1942 se procedió a la solemne reapertura del ferrocarril de Calahorra a Préjano. En la estación de Arnedo se observa toda la parafernalia del régimen franquista, incluido el saludo fascista que realizan los asistentes al acto. Colección Díaz de Rada


La prolongación

Mientras se recuperaban las infraestructuras del ferrocarril de Calahorra a Arnedillo, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado estudió diversos proyectos para la construcción de nuevas líneas en su entorno, sobre todo la propuesta de enlaces de todos los ferrocarriles de ancho métrico del Norte y el Este del país. Entre otras, esta ambiciosa y poco realista iniciativa contemplaba la integración de la línea del Cidacos en esta nueva red con la construcción de la línea de Calahorra a Estella y Pamplona, que además contaría con un ramal de conexión desde Carcar hasta Marcilla. De este modo, habría enlazado con el Vasco-Navarro y con el Plazaola, lo que aseguraría su conexión con toda la red de vía estrecha de la cornisa cantábrica.

Naturalmente, en plena posguerra y en una época en la que los transportes mecánicos por carretera comenzaban a arrebatar el tráfico al ferrocarril, estos proyectos eran una quimera imposible de realizar. Más factible era la recuperación del proyecto original para alcanzar Arnedillo y, por ello, el mismo año en que se reemprendió el servicio, en 1942, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado decidió iniciar las obras para completar los cinco kilómetros  que faltaban desde Préjano.

Finalmente, el 15 de julio de 1947 se culminó la construcción del ferrocarril del Cidacos con la llegada de los trenes a Arnedillo. En cabeza de la composición inaugural la engalanada locomotora de vapor número 9 del ferrocarril de Ferrol a Gijón. Colección Diaz de Rada


El presupuesto inicial de 2.506.445,09 pesetas pronto se quedó corto y tan solo un año más tarde, el 26 de noviembre de 1943, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado aprobó una inversión de 3.311.902,22 pesetas. Las obras fueron encomendadas, mediante adjudicación directa, al contratista Antonio Cutillas y tras tres años de trabajos quedaron completadas, por lo que el 15 de julio de 1947 se procedió a su apertura al tráfico.

Un autovía de gasolina, originario del ferrocarril de Tudela a Tarazona, emprende la marcha en el apeadero de Calahorra-Norte. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril


El fin

Pese a la prolongación de la línea hasta Arnedillo, la vida del ferrocarril del Cidacos no salió de su perpetua languidez. El servicio siempre se vio lastrado por sus carencias iniciales, como era el propio material de la vía, montada con carriles usados adquiridos de ocasión a la Compañía del Norte, o el parque de material motor, procedente de otros ferrocarriles.

La Explotación de Ferrocarriles por el Estado apenas realizó inversiones para su modernización. Nunca se sustituyeron sus primitivos y desgastados carriles, que difícilmente podían soportar el peso de las locomotoras de vapor construidas para una línea de la entidad del ferrocarril de Ferrol a Gijón y no para un pequeño tren secundario como el del Cidacos. Como en otras muchas líneas, en los años cincuenta se sustituyó la onerosa tracción vapor, pero en lugar de adquirir nuevos automotores, la Explotación de Ferrocarriles por el Estado optó por reasignar los viejos autovías del tipo “Zaragoza” que hasta 1952 habían prestado servicio en el vecino ferrocarril de Tudela a Tarazona cuya vía se había ensanchado ese año e integrado en la red de Renfe.

Pese a su pequeño tamaño y a sus años de servicio en el Tudela Tarazona, la llegada de los autovías permitió intensificar el servicio y pasar de las dos o tres circulaciones diarias en cada sentido que mantuvo la línea desde su inauguración hasta 1947, a los ocho viajes que se verificaban a comienzos de los años sesenta. En aquel momento, solo uno de los trenes se efectuaba con tracción vapor, un mixto que recogía los pocos vagones de mercancías que todavía atendían la cada vez más reducida demanda de transporte de cargas, que en 1964 apenas alcanzó las 2.000 toneladas anuales.

La Explotación de Ferrocarriles por el Estado sustituyó los motores de gasolina originales de los autovías del Tudela a Tarazona, por otros diésel suministrados por Barreiros, lo que obligó a modificar la capota que lo albergaba. Fotografía de Jeremy Wiseman. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La falta de inversiones de mejora que arrastró el tren de Calahorra a Arnedillo durante toda su existencia impidió que pudieran mejorarse los tiempos de viaje y en los años sesenta los autovías necesitaban una hora para cubrir los 35 kilómetros del trayecto. En estas condiciones, resultó imposible poner freno a la rápida caída de la demanda, prácticamente nula en el caso de las mercancías y con apenas medio millar de viajeros diarios, cada día más seducidos por los nuevos autobuses que circulaban en competencia y, sobre todo, por el desarrollo del vehículo privado. En consecuencia, la situación del ferrocarril era cada día más insostenible.

Vista de las instalaciones para el trasbordo de mercancías entre los trenes de vía estrecha del Calahorra-Arnedillo y los de vía ancha de Norte y, posteriormente, Renfe, en la estación de Calahorra-Tránsito. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En 1965, los ingresos obtenidos por el ferrocarril de Calahorra a Arnedillo sumaron cerca de dos millones de pesetas, pero los gastos de explotación ascendieron a más de seis millones. En estas condiciones, Ferrocarriles de Vía Estrecha, más conocida por el acrónimo Feve, constituida en septiembre de dicho año tras la transformación en empresa pública de la antigua Explotación de Ferrocarriles por el Estado, decidió el cierre de esta y otras líneas. La medida se anunció en todas las estaciones del recorrido el 29 de diciembre y la clausura definitiva se verificó dos semanas más tarde, el 15 de enero de 1966.

miércoles, 7 de enero de 2026

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (y IV)

Vista del puente de Mikeldi, levantado por el ferrocarril de Durango a Zumárraga sobre el río Ibaizabal en 1886. Fotografía de Aureliano Gómez de la Vega. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

EL PUENTE DE MIKELDI

Uno de los vestigios más singulares y poco conocidos de los inicios del ferrocarril de Bilbao a Donostia es el puente de Mikeldi. Esta estructura metálica, conformada por un único tramo en arco, fue construida por los talleres de Johann Kaspar Harkort, de Duisburg (Alemania), en 1886, y levantada sobre el cauce del río Ibaizabal, pocos metros aguas abajo de su unión con el Mañaria.

El montaje del puente de Mikeldi fue dirigido por el ingeniero cántabro Aurelio de la Vega Gómez y formaba parte del primer tramo del ferrocarril de Durango a Zumárraga, inaugurado el 21 de junio de 1886 entre Durango y Zaldibar. Situado en el punto kilométrico 0,720, su longitud es de 24 metros.

El puente de Mikeldi prestó servicio hasta el año 1923, cuando, tras la apertura de una variante de trazado entre la estación de Durango y Lebario, que evitó las constantes maniobras de inversiones de marcha que debían realizar los trenes debido a la configuración en fondo de saco de esta terminal, quedó apartado de la nueva traza ferroviaria. Por fortuna, no llegó a ser achatarrado, ya que se mantuvo durante años como acceso a un centro fabril.

Hace ya más de un siglo que el puente de Mikeldi no es hollado por un tren, pero su estructura se mantiene aún en pie. Aunque sin uso desde hace años, sigue resistiendo el paso del tiempo y de las crecidas del río Ibaizabal, lo que lo convierte en uno de los vestigios más antiguos de la ingeniería del hierro en Euskadi.

En la imagen, captada por el propio Aureliano de la Vega, se observa el puente de Mikeldi a los pocos meses de su apertura, cuando el ferrocarril de Durango a Zumárraga ya disponía de su propio material móvil, pues, como se ha señalado, la sección de Durango a Zaldibar tuvo que ser explotada inicialmente por el Central de Vizcaya al no haber recibido su titular las locomotoras, coches y vagones que había contratado a la industria europea.

La locomotora situada sobre el puente contribuye a datar la fotografía, ya que se trata de la número 25 del ferrocarril de Durango a Zumárraga, construida por la firma belga Couillet en 1888 con el número de fábrica 870. En la imagen, ostenta una placa en el que figura el nombre con el que fue inicialmente bautizada «Zumárraga», pero hay constancia documental de que un año más tarde fue rebautizada como «Placencia», por consiguiente, no cabe duda de que la instantánea fue tomada en ese pequeño intervalo temporal entre 1888 y 1889.


domingo, 4 de enero de 2026

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (III)

En 1989, Euskotren estableció entre Ermua y Éibar un servicio de carácter urbano que bautizó como «Tranbia». El carácter experimental de la iniciativa, con paradas provisionales y vehículos antiguos rehabilitados con este fin, pronto se consolidó y se convirtió en uno de los servicios más activos del operador vasco. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi 

UN «TRANBIA» Y DOS METROS

A lo largo de sus 125 años de historia el ferrocarril de Bilbao a Donostia ha contribuido de forma decisiva al desarrollo económico, demográfico y social de las comarcas atendidas por sus trenes. La población inicial se ha multiplicado por nueve, al pasar de los 93.569 habitantes de 1860 a los actuales 827.599.

Euskotren ha sabido adaptarse a la creciente demanda de movilidad sostenible en las comarcas que recorren sus trenes a través de la histórica línea de Bilbao a Donostia. El primer paso fue el establecimiento del denominado «Tranbia» de Ermua a Éibar, inaugurado el 29 de septiembre de 1989.

Pese a lo que su nombre pueda aparentar, no se trataba de un tranvía convencional, sino de un servicio de cercanías entre ambas localidades, encajonadas en el estrecho valle del río Ego y unidas por una carretera constantemente colapsada. La línea contaba en esta importante aglomeración urbana de 50.000 habitantes con tres estaciones, Ermua, Ardanza y Eibar, a las que se sumaron nuevas paradas en Errotaberri, San Lorenzo, Unibertsitatea, Amaña y Azitain El servicio inicial, en principio con  frecuencias de treinta minutos, se tuvo que duplicar en 1993 y pronto se convirtió en el principal modo de transporte en la zona.

En 2017 el extremo vizcaíno de la línea de Bilbao a Donostia se integró en la nueva línea 3 del metro de Bilbao

Años más tarde, el 8 de abril de 2017, el tramo inicial de la línea experimentó un notable cambio en su traza, al integrarse en la nueva línea 3 del metro de Bilbao. Desde esa fecha, parte de sus trenes pasaron a circular por un nuevo túnel a partir de la estación de Kukullaga, con paradas en Otxarkoaga,  Txurdinaga, Zurbaranbarri, Casco Viejo, Uribarri y Matiko, donde enlazan con la línea de Euskotren de Bilbao a Lezama. 

Los trenes que aún circulaban por la antigua traza hasta la bilbaína estación de Atxuri pasaron también a la línea 3 del metro de Bilbao a partir del 9 de septiembre de 2019. Sin embargo, lejos de levantarse, la vieja vía se integró en el servicio del tranvía urbano de Bilbao que opera Euskotren, que prolongó por ellas su recorrido hasta Bolueta el 25 de marzo de 2022.

Obras de construcción de la futura estación centro de San Sebastián, integrada en la variante subterránea del extremo guipuzcoano del ferrocarril de Bilbao a Donostia su conexión directa con el histórico «Topo». Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

En el otro extremo de la línea, el ferrocarril de Bilbao a Donostia también se está convirtiendo en parte del futuro metropolitano de la capital guipuzcoana, su popular «topo». En la actualidad, Euskal Trenbide Sarea construye una pasante ferroviaria subterránea que permitirá la conexión directa con la línea de San Sebastián a Hendaia y evitará las constantes maniobras de cambio de marcha en la actual terminal en fondo de saco de Amara, al tiempo que ofrecerá a sus viajeros nuevas alternativas de acceso en las futuras estaciones de Bentaberri, Centro y Amara, que se sumarán a las abiertas en los últimos años en Lugaritz, Anoeta, Intxaurrondo, Herrera o Altza. En la actualidad, se prevé la conclusión de las obras y la apertura del servicio a lo largo del presente año 2026.


viernes, 2 de enero de 2026

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (II)

Retrato de Aurelio de la Vega Gómez. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

AURELIO DE LA VEGA GÓMEZ, Vega de Pas (Cantabria), 1844-1903

En anteriores entradas de este blog se ha tratado la figura de algunos de los personajes clave en la historia del ferrocarril de Bilbao a Donostia, como es el caso de Francisco Igartua (abril de 2020) o de Adolfo Ibarreta (noviembre de 2020). En esta ocasión nos acercaremos a otro personaje, menos conocido, pero que también jugó un papel destacado en la génesis de esta línea: el ingeniero cántabro Aurelio de la Vega Gómez.

Nacido en Vega de Pas, Aurelio de la Vega era hijo de un destacado maestro de obras de la comarca, por lo que no es de extrañar que se decantara por estudiar ingeniería y arquitectura. Como nos recuerda el historiador José Javier Gómez Arroyo, pronto destacó por sus notables cualidades para el diseño de estructuras y con tan solo 22 años fue muy elogiada la maqueta para el nuevo puente de Soto, sobre el río Pas, que presentó en 1866 en la exposición provincial de Santander.

Afincado inicialmente en su natal Vega de Pas, donde su hermano ejercía como médico, gracias a su colaboración con el contratista cántabro Javier González Riancho, se trasladó a Bilbao en 1879 para participar en las obras de construcción del ferrocarril Central de Vizcaya. En ellas jugó un papel destacado en la perforación de su único túnel, el de Miraflores, que, pese a su escasa longitud, poco más de trescientos metros, ofreció grandes dificultades.

La obra, iniciada en septiembre de 1880, se acometió por ambas bocas y, aunque en sus primeros 100 metros la roca ofreció consistencia suficiente, a partir de febrero de 1881 se alcanzó una zona en la que el terreno estaba totalmente descompuesto, formado por bloques sueltos, mezclados con arcilla y tierras, lo que exigió el revestimiento con ladrillo de cerca de 200 metros de bóveda. Además, en algunos tramos la dureza de la roca exigió la utilización de explosivos que provocaron dos graves accidentes con la trágica muerte de tres trabajadores. La perforación de la galería concluyó el 26 de abril de 1881 y la labor de Aurelio de la Vega fue objeto de numerosos halagos por parte de la prensa bilbaína.

Tras culminar la construcción del ferrocarril de Bilbao a Durango, Aurelio de la Vega fue nombrado jefe de vía y obras del Central de Vizcaya. Poco después, también participó en la construcción de su  continuación, la línea de Durango a Zumárraga, por lo que fijó su residencia en Bergara (Gipuzkoa), donde permanecería hasta abril de 1898.

Como se ha señalado, la conclusión del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián solo fue posible gracias al apoyo que le brindó, a partir de 1898, el Central de Vizcaya, para rematar las obras de su tramo central entre Deba y Zarautz. La concesionaria del Bilbao-Durango no solo le prestó ayuda financiera, sino que también tomó la dirección de las obras y nuevamente recurrió para ello a Aurelio de la Vega. Gracias a su contribución fue posible completar la conexión ferroviaria entre Bilbao y Donostia hace ahora 125 años.

Aurelio de la Vega llegó a participar en los primeros proyectos que impulsó el Central de Vizcaya para la construcción de la línea de Durango a minas de Arrazola y ramal de Apatamonasterio a Elorrio, pero una grave afección respiratoria le obligó a dejar su trabajo. En 1902 el prestigioso doctor Madrazo le practicó una traqueotomía, pero su quebrada salud no se recuperó y falleció un año más tarde en su residencia familiar.

lunes, 29 de diciembre de 2025

EL FERROCARRIL DE BILBAO A DONOSTIA CUMPLE 125 AÑOS (I)

Una de las últimas obras del ferrocarril de Bilbao a Donostia fue la apertura del viaducto sobre el río Urola en Zumaia, obra que recientemente ha sido rehabilitada por Euskal Trenbide Sarea. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Hoy, 29 de diciembre se conmemora el 125 aniversario de la inauguración oficial del último tramo del ferrocarril de Bilbao a Donostia, la sección comprendida entre las estaciones de Deba y Zarautz. La apertura de este trayecto culminaba una compleja aventura ferroviaria iniciada en 1878 y que sería impulsada por hasta tres empresas diferentes, aunque con estrechas vinculaciones entre ellas.

Primitiva locomotora de vapor del ferrocarril Central de Vizcaya. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Un ferrocarril por fascículos

Durante todo el siglo XIX y el primer tercio del XX, la construcción de la red ferroviaria española fue acometida por empresas privadas que, en régimen de concesión, gestionaban posteriormente su explotación durante un periodo generalmente establecido en 99 años. Ante la práctica inexistencia de competencia por parte de la carretera, el ferrocarril era un negocio y cómo tal era considerado, aunque en nuestro país nunca resultó, salvo excepciones como la línea de Bilbao a Donostia, demasiado lucrativo, más bien, al contrario. No obstante, la inversión privada se complementaba con cuantiosas subvenciones y ayudas públicas del Estado, diputaciones y ayuntamientos, tanto en capital como en otros recursos como cesión de terrenos, madera para la confección de traviesas de los bosques del entorno y otros beneficios. En algunos casos, este apoyo alcanzó hasta el 50% de la inversión total realizada.

La primera premisa para que un ferrocarril pudiera recibir las jugosas subvenciones estatales era que, previamente, su recorrido estuviera incluido en el Plan General de Ferrocarriles establecido por el Estado. Para ello, en cumplimiento de la Ley de 13 de abril de 1864, la Junta Consultiva de Caminos, Canales y Puertos estudió la construcción de un ferrocarril desde Santander a Bilbao y Zumárraga (Gipuzkoa), donde empalmaría con la línea de la Compañía del Norte de Madrid a Irún, lo que permitiría la conexión con Donostia y la frontera francesa, pero, finalmente, la idea fue descartada por la Comisión Especial encargada de la redacción definitiva del Plan, debido a la baja demografía y escasa actividad económica de la zona, unido a las enormes dificultades técnicas del proyecto.

Ciertamente, la Comisión Especial encargada de proponer el Plan General de Ferrocarriles tenía en aquel momento histórico razones de peso para rechazar la construcción del ferrocarril de Santander a Bilbao y Zumárraga, y no sólo por las grandes dificultades que era previsible encontrarían sus promotores ante un relieve especialmente abrupto e irregular, marcado por profundos y estrechos valles que cortarían perpendicularmente la traza, lo que obligaría a ejecutar constantes saltos entre sus divisorias y, por consiguiente, exigiría levantar importantes viaductos y perforar numerosos túneles. Es preciso tener en cuenta que, en la época en la que se redactó el citado Plan, la costa cantábrica todavía no había experimentado el despegue minero, industrial, económico y demográfico que viviría muy poco después, con la explotación industrial de los grandes yacimientos de mineral de hierro de Bizkaia, que trajo consigo el rápido desarrollo de la industria siderúrgica y de la economía de la región. Baste recordar que, en 1858, Santander únicamente contaba con 24.702 habitantes, Bilbao, con 17.649, y San Sebastián con 14.111.

Apenas había transcurrido una década desde la redacción del Plan General de Ferrocarriles de 1867 para que el panorama experimentase un cambio radical. Evidentemente, las condiciones de la orografía seguían siendo las mismas, pero tras el final de la tercera guerra carlista en 1876, la economía de la región experimentó un rápido desarrollo gracias a los beneficios obtenidos a partir de la explotación intensiva de sus recursos mineros. Así, en 1887 Santander ya sumaba 42.125 habitantes, Bilbao 50.772 y San Sebastián 29.643. Es decir, en menos de treinta años, las tres capitales cantábricas habían más que duplicado su población, y lo mismo había sucedido en sus respectivas provincias.

Naturalmente, para mantener este rápido desarrollo económico y demográfico era necesario disponer de modernos sistemas de transporte, pero la falta de apoyo estatal, al no estar incluida la línea del Cantábrico en el Plan General de Ferrocarriles, unido al estrepitoso fracaso financiero de los primeros ferrocarriles en la zona, los de Tudela a Bilbao y de Alar a Santander, desanimaban a cualquier inversor a arriesgar sus capitales en esta clase de proyectos. Solo un grupo de emprendedores fue capaz de romper esta dinámica, cuando se animaron a construir un pequeño tren entre Bilbao y Durango, cuya primera concesión fue otorgada a Timoteo Ercilla Cenarruzabeitia el 15 de diciembre de 1877.

En un principio, la nueva línea se planteaba como un ramal de vía ancha del ferrocarril de Tudela a Bilbao, desde la estación de Dos Caminos (Basauri) a Durango. Sin embargo, depender de otra empresa, en aquel momento, ya, la Compañía del Norte, para alcanzar la capital vizcaína, comprometía el futuro del nuevo ferrocarril. Por ello, sus promotores, tildados en los ámbitos financieros de la ciudad como «los locos del duranguillo», pronto decidieron alcanzar con sus propias vías el corazón de Bilbao y para ahorrar costes optaron por reducir su ancho de vía, lo que lo convirtió en el primero de vía métrica y servicio público de la cornisa cantábrica.

La construcción del ferrocarril de Durango a Zumárraga facilitó la conexión de Bilbao con San Sebastián, pero con un obligado transbordo en Zumárraga debido al diferente ancho de vía. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Primer fascículo

Las Reales Órdenes del 15 de enero de 1879 y del 24 de mayo de 1879 refrendaron la prolongación del ferrocarril hasta Bilbao y el cambio del ancho de vía, del normal español al métrico. Poco después, el 9 de junio de 1880, el contratista cántabro Javier González Riancho emprendió las primeras obras bajo la dirección del ingeniero Adolfo Ibarreta.

Para gestionar las obras y la futura explotación del ferrocarril de Bilbao a Durango sus promotores constituyeron, el 17 de mayo de 1880, la Compañía del ferrocarril Central de Vizcaya, que sería presidida por Francisco Igartua. La construcción de la línea se desarrolló con gran rapidez, favorecida por seguir el amplio valle del río Ibaizabal, por lo que las únicas obras de entidad fueron la perforación del túnel de Miraflores, de apenas 313 metros de longitud, y el tendido de cinco puentes sobre el Nervión, el Arratia y el propio Ibaizabal. En consecuencia, el 15 de abril de 1882 circuló el primer tren de pruebas entre Bilbao y Durango y el 30 de mayo se procedió a su inauguración oficial, aunque el inicio del servicio público se pospuso al 1 de junio de 1882.

Pese a las dudas que muchos albergaban, desde los primeros días de explotación se pudo comprobar que la nueva línea de Bilbao a Durango era excepcionalmente rentable. El primer año sus accionistas vieron remunerada su inversión con un interés del 8% y, a partir de 1888 éste se situó siempre por encima del 12%. En consecuencia, muchos llegaron a la conclusión de que, a falta del apoyo económico del gobierno, la única opción para construir los ferrocarriles que tanto necesitaba el desarrollo económico de la cornisa cantábrica era seguir el ejemplo del Central de Vizcaya: reducir los gastos de construcción al máximo con la utilización de la vía estrecha en lugar del ancho normal español.

Un tren procedente de Zumárraga alcanza la estación de Zaldibar. En cabeza, una de las primeras locomotoras articuladas sistema Mallet de nuestro país. Archivo Municipal de Burgos

Segundo fascículo

Una de las empresas que emuló al Central de Vizcaya fue la del ferrocarril de Durango a Zumárraga, que pretendía enlazar en la localidad guipuzcoana con los trenes de vía ancha de la Compañía del Norte de Madrid a Irún. De este modo, se podría establecer, mediante el oportuno trasbordo, la conexión de Bilbao con San Sebastián y la frontera francesa.

El 15 de mayo de 1884 se constituyó la Compañía del ferrocarril de Durango a Zumárraga, presidida también por Francisco Igartua, empresa que el 26 de abril de 1885 obtuvo la concesión definitiva para la construcción de esta línea que, además, incluía un pequeño ramal desde Maltzaga hasta los hornos altos de San Pedro de Carquízano (Elgoibar), propiedad de Romualdo García, uno de los principales accionistas de la nueva sociedad.

A diferencia del Central de Vizcaya, la construcción del ferrocarril de Durango a Zumárraga debía afrontar importantes retos, ya que tenía que superar dos divisorias de aguas, la primera entre el Ibaizabal y el Deba y la segunda entre éste y el Urola. Para abaratar al máximo los costes, el proyecto redactado por José Luis Torres Vildósola forzaba hasta límites insospechados las rampas, que en varios tramos alcanzaban las 26 milésimas, y los radios de las curvas, algunas de tan solo 60 metros.

Antes incluso de obtener la concesión definitiva, el 19 de febrero de 1885, el ferrocarril de Durango a Zumárraga adjudicó las obras a la Viuda de Aróstegui y a Pedro Gandiaga, que trabajarían a las órdenes del ingeniero Adolfo Ibarreta. Transcurridos quince meses, los trabajos estaban lo suficientemente adelantados como para poder inaugurar la primera sección, entre Durango y Zaldibar, donde otro notable accionista de la empresa ferroviaria, Manuel María Cortázar, regentaba un importante balneario, el 21 de junio de 1886.

Tras el inicio de la explotación de este pequeño tramo de 8 kilómetros, inicialmente encomendada al Central de Vizcaya a la espera de que el Durango Zumárraga recibiera su propio material móvil, prosiguieron las obras, de modo que el 19 de septiembre de 1887, con asistencia de la reina regente María Cristina, se pudo inaugurar el tramo comprendido entre Zaldibar y Éibar, así como su continuación a Maltzaga y los hornos altos de Elgoibar. Un año más tarde, el 1 de julio de 1888 se completó una nueva etapa al conectar Maltzaga con Bergara.

La última etapa del ferrocarril, entre Bergara y Zumárraga, se culminó el 14 de agosto de 1889. Ese día, además de completarse la línea, se inauguró un elegante servicio de coches-buffet directos desde Bilbao a Zumárraga, para que los viajeros más acaudalados pudieran desplazarse con unas comodidades poco comunes en los ferrocarriles de vía estrecha, que incluían servicio de comidas, bebidas y butacas reclinables.

Obras de construcción del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián en las inmediaciones de la capital guipuzcoana. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tercer fascículo

Gracias al Central de Vizcaya, el Durango-Zumárraga y los trenes del Norte en esta localidad, Bilbao había logrado una conexión razonable con San Sebastián y la frontera. Sin embargo, el diferente ancho de vía entre los dos primeros respecto al Norte forzaba incómodos trasbordos que, sumados a un trazado sumamente accidentado, sobre todo en el difícil paso de la divisoria entre los ríos Deba y Urola, convertían la experiencia en toda una aventura.

Pronto surgieron nuevas iniciativas para facilitar la conexión directa y sin trasbordos entre Bilbao y Donostia, algunas con vía ancha, pero, finalmente, triunfó la solución más sencilla y económica: la construcción de una nueva línea, de ancho métrico, entre Elgoibar y la capital guipuzcoana. Para ello, el 16 de octubre de 1890 se constituyó una nueva empresa, la Compañía del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián. Un año más tarde, esta sociedad obtuvo las concesiones oportunas, hasta entonces en manos del empresario Manuel Martí.

Aunque las obras, bajo la dirección del ingeniero José Luis Torres Vildósola, se emprendieron simultáneamente desde Elgoibar y desde Donostia, pronto se decidió activar al máximo el tramo comprendido entre los hornos altos de Carquízano y Deba, de fácil construcción, ya que seguía el curso del río Deba y no exigió más obras de envergadura que dos túneles y dos puentes metálicos. Así, el 3 de agosto de 1893 se pudieron abrir al tráfico los poco más de once kilómetros de esta sección.

Estación de Elgoibar. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras la apertura del tramo de Elgoibar a Deba, la empresa ferroviaria centró todos sus esfuerzos en la conclusión del enlace entre Zarautz y San Sebastián, trayecto con el que esperaba obtener el rendimiento necesario para poder financiar la última y más difícil sección comprendida entre Deba y Zarautz. Sin embargo, aunque el 9 de abril de 1895 se inauguraron estos 26 kilómetros, los resultados de la explotación no fueron los esperados y las obras para completar los once kilómetros restantes quedaron paralizadas.

Mientras se buscaba una alternativa para financiar las obras, la Compañía del ferrocarril de Elgoibar a San Sebastián estableció un servicio combinado con diligencias entre Deba y Zarautz. Finalmente, el Central de Vizcaya, muy interesado en la conclusión de los trabajos, acudió al rescate y proporcionó el apoyo económico y técnico necesario para completar la construcción. Así, el 29 de diciembre de 1900 se celebró, con la pompa y boato habituales, la definitiva unión ferroviaria de Bilbao y Donostia.

La Compañía de los Ferrocarriles Vascongados realizó numerosas obras de mejora, incluida la construcción de una nueva estación en Bilbao, inaugurada en 1914. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

La encuadernación

La conclusión de las obras entre Deba y Zarautz impulsó el tráfico ferroviario entre Bilbao y San Sebastián, pero la existencia de tres empresas concesionarias diferentes dificultaba notablemente la explotación. La solución más lógica era su unión en un solo operador, pero el proceso no estuvo exento de sobresaltos, ya que entraban en juego diversos y, en ocasiones antagónicos, intereses económicos.

De las tres compañías, la del Central de Vizcaya era la más poderosa. Disponía de una concesión a perpetuidad, frente a los 99 años de las restantes, y era la única con una cuenta de ingresos saneada gracias a su activo tráfico de viajeros y mercancías. Desde 1905 también explotaba la línea de Durango a Minas de Arrázola y Elorrio, a lo que hay que añadir su importante participación en el accionariado de las otras dos compañías. Sin embargo, el Elgoibar San Sebastián y el Durango Zumárraga se resistieron a aceptar las duras condiciones que pretendía imponer el Central.

Estas discrepancias se pusieron de manifiesto el 31 de diciembre de 1902, cuando el Ferrocarril de Durango a Zumárraga decidió suspender el tráfico combinado con el Central de Vizcaya para establecerlo con el tranvía eléctrico de Bilbao a Durango y Arratia. Sin embargo, y pese a su resistencia, finalmente se impuso el criterio del Central y el 5 de noviembre de 1906 se firmó la escritura pública de su fusión, que dio origen a la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados.

En 1929 la Compañía de los Ferrocarriles Vascongados electrificó la línea de Bilbao a Donostia, la primera conexión con tracción eléctrica entre dos capitales españolas. Fondo Antonio Meléndez Castañeda. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Crecimiento y modernización

Una vez eliminadas las barreras administrativas que suponían la existencia de tres empresas explotadoras, el tráfico de la línea de Bilbao a Donostia experimentó un constante crecimiento, lo que impulsó a los Ferrocarriles Vascongados a modernizar el servicio, con la incorporación de nuevas locomotoras de vapor, coches y vagones de mayor capacidad, así como con la realización de algunas variantes de mejora del sinuoso trazado original, entre las que destacan las de Lasarte, inaugurada en 1914 y con la que el recorrido inicial entre esta estación y la de Aguinaga, de ocho kilómetros, se redujo a la mitad, o la de Lebario, abierta en 1923, con la que se evitaron las constantes inversiones de marcha que obligaba la configuración original de la estación de Durango, establecida en fondo de saco.

Junto a otras muchas mejoras, la actuación más relevante impulsada por los Ferrocarriles Vascongados fue la electrificación de sus líneas, concluida en 1929. Por primera vez, dos capitales españolas quedaban conectadas mediante trenes eléctricos, entre ellos el célebre Tren de Lujo, con coches Pullman atendidos por personal de la prestigiosa Compañía Internacional de Coches-Cama en los que las clases más acomodadas podían viajar con la misma elegancia que en los más prestigiosos expresos europeos.

La Compañía de los Ferrocarriles Vascongados reconstruyó en sus propios talleres de Durango sus antiguos coches de viajeros de madera con nuevas carrocerías metálicas. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En los años cuarenta y cincuenta, los Ferrocarriles Vascongados vivieron su edad de oro. En 1946 alcanzó su cifra máxima de transporte de mercancías, con 652.000 toneladas, mientras que en 1954 batió su récord de demanda de viajeros, con 7.947.146 pasajeros. La empresa realizó nuevas inversiones de mejora, con la adquisición de más locomotoras y automotores, la reconstrucción de sus coches de madera con carrocerías metálicas realizadas en sus propios talleres de Durango o la modernización de sus infraestructuras. Entre ellas, la obra más destacada fue la duplicación de la vía entre Bilbao y Lemoa, que incluía una nueva variante de trazado entre Zuazo y Usansolo, abierta en 1955, que incluyó la perforación de un túnel de 1.443 metros, lo que permitió reducir el recorrido original en otros1.643 metros.

Vista aérea de la antigua estación de Durango, durante muchos años, el corazón del ferrocarril de Bilbao a Donostia, donde se ubicaban los talleres y el puesto de mando. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

De Vascongados a Euskotren

Pese a estas inversiones, el progresivo desarrollo del transporte por carretera comenzó a restar clientes al ferrocarril y los Ferrocarriles Vascongados entraron en una dinámica, por otra parte común a todas las explotaciones ferroviarias privadas contemporáneas, en la que se registraba un rápido descenso del número de viajeros y mercancías transportadas, mientras que trenes e infraestructuras cada vez resultaban más anticuados al no disponer de recursos para su modernización.

En 1971 los niveles de tráfico de los Ferrocarriles Vascongados se encontraban por los suelos, con apenas 21.500 toneladas de carga y 5.281.996 viajeros transportados en ese ejercicio. En pleno colapso económico, la empresa renunció a la explotación de la línea, que fue asumida por la sociedad estatal Feve el 25 de junio de 1972. En aquel momento, el panorama era desolador. Los trenes a duras penas podían circular, arrastrados por locomotoras con más de cuarenta años de servicio, sobre vías en precario estado e instalaciones de electrificación y seguridad en condiciones muy deficientes.

Ante esta situación, Feve decidió centrar sus esfuerzos de modernización en la línea principal entre Bilbao y San Sebastián, procediendo a la clausura de los restantes ramales; Áriz a Dos Caminos, Durango a Minas de Arrazola y Elorrio, y Maltzaga a Zumárraga. Al mismo tiempo, emprendió la renovación de vías e instalaciones de tracción y adquirió un lote de quince nuevos trenes eléctricos. Sin embargo, no pudo culminar su actuación ya que el 1 de junio de 1979 la explotación de la línea se transfirió al Consejo General Vasco.

A lo largo de su historia, el ferrocarril de Bilbao a Donostia ha experimentado numerosas mejoras en su trazado. En la imagen, una locomotora circula por la nueva variante de trazado de Karkizano (Elgoibar), abierta en 1981, mientras que a su derecha se observa la vieja traza. Fotografía de Wolfgang Grafeneder

Para la gestión de las líneas transferidas, el Gobierno Vasco constituyó, el 24 de mayo de 1982, la sociedad pública Euskotren, que prosiguió con la labor modernizadora iniciada por Feve, incluida la completa renovación de vías y electrificación y la sustitución del material móvil más antiguo por nuevas unidades eléctricas, así como la realización, a lo largo de los últimos cuarenta años, de numerosas obras como la duplicación de vía entre Lemoa y Lebario y entre Lasarte y Donostia o la integración de la línea en las redes metropolitanas de Bilbao y de la capital guipuzcoana.

En la actualidad, Euskotren presta en la histórica línea de Bilbao a Donostia un eficiente servicio de cercanías. Fotografía de Juanjo Olaizola Elordi

Tras 125 años de servicio, el futuro de la línea de Bilbao a Donostia que opera Euskotren es tan prometedor como lo fue en sus inicios, al estar llamada a jugar un papel clave en la movilidad sostenible de las áreas metropolitanas de ambas capitales vascas así como en comarcas tan densamente pobladas como el Deba, sin olvidar la creciente importancia del tráfico de mercancías.

martes, 23 de diciembre de 2025

¡LLEGAN LAS MONTAÑA! (y IV)

La locomotora de vapor 241-2093 de Renfe, antigua 1793 de MZA fue captada en abril de 1971 a la cabeza de un humilde tren de mercancías en las proximidades de La Fuente de San Esteban. Fotografía de Manolo Maristany. Fondo MPS. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril
 

La 241-2093

Sin lugar a duda, el barcelonés Manolo Maristany Sabater (1930-2016) ha sido el fotógrafo que mejor ha plasmado los últimos años de tracción vapor en los ferrocarriles españoles. Pionero en la publicación de libros sobre fotografía ferroviaria en nuestro país con Adiós viejas locomotoras, editado por José María Casademont en 1973, de su cámara y su pluma salieron pronto otras obras tan destacadas como buscadas hoy en día por los aficionados al tren, como es el caso de los dos volúmenes que dedicó a los ferrocarriles de vía estrecha de España y Portugal, Carrilets, publicados respectivamente en 1974 y 1976.

Para elaborar estos y otros libros de su autoría como Máquinas, maquinistas y fogoneros (1985), Viajes y reportajes (1988), Los últimos gigantes (1992), Los Ferrocarriles Vascongados y sus ilustres ramales (1995) o La epopeya de los directos (2004), Manolo Maristany recorrió la península ibérica de este a oeste para captar no solo las últimas locomotoras de vapor aún en activo a finales de la década de los sesenta y la primera mitad de los setenta, sino también locomotoras y automotores eléctricos y diésel dispersos por las últimas líneas de vía estrecha del país.

Uno de los destinos que subyugó a Manolo Maristany fue el viejo depósito de locomotoras de Salamanca, donde todavía pudo captar en servicio, junto a las más recientes «mikados», las últimas 1400 y 1700 de la antigua MZA. Es el caso de la locomotora que protagoniza esta sección, la veterana 241-2093 de Renfe, es decir, la antigua «montaña» 1793 de MZA.

Tras cuarenta años de infatigable servicio, la 1793 ya hacía tiempo que había sido relegada de la cabeza de los trenes expresos más importantes, pero todavía tenía bríos para arrastrar pesados trenes de mercancías entre la frontera portuguesa y la capital charra. Su combustible original había sido reemplazado por el fueloil a mediados de los años cincuenta, lo que había mejorado sus prestaciones y permitió prolongar su vida activa más allá de 1968, fecha en la que Renfe eliminó el carbón como combustible en sus máquinas.

Manolo Maristany pudo captar esta fotografía cuando apenas quedaban unas semanas para que la antigua 1793 apagara definitivamente su caldera. A pesar de sus cuarenta años, su estampa a la entrada de la estación de Fuente de La Fuente de San Estaban todavía resultaba imponente, tal y como quedó reflejado en esta elegante instantánea.



sábado, 20 de diciembre de 2025

¡LLEGAN LAS MONTAÑA! (III)

 

Entre 1938 y 1939 Babcock & Wilcox transformó la «montaña» 4648 según los principios auspiciados por Chapelon. Esta máquina se distinguía a simple vista de sus continuadoras, las Renfe 241-4067 a 4094 por carecer de capota de cierre de la cabina en el ténder. En la imagen, arranca con toda su potencia en la estación de Alsasua. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

TUNNING FERROVIARIO

En su momento, las «montañas» de la Compañía del Norte fueron las más avanzadas de España y uno de los modelos más innovadores de Europa. Sin embargo, los estudios y desarrollos realizados por el ingeniero francés André Chapelón a finales de los años veinte a lo largo de los treinta, en los que modificó diversas locomotoras de la vecina república con el incremento de su presión, el aumento de la superficie de calefacción del recalentador y de las secciones de paso del vapor o la introducción de distribuciones modernas y escapes mejorados.

Conocedor de todas estas innovaciones, el duque de Zaragoza, inspector de tracción de la Compañía del Norte y amigo de Chapelon, convenció a esta empresa para experimentar las propuestas del ingeniero francés en una de sus «montaña». Así, en 1936 se seleccionó la máquina 4648, aunque, a consecuencia de la guerra civil, su transformación no se pudo iniciar en los talleres de Babcock & Wilcox hasta 1938 para concluirla un año más tarde.

Dadas las trágicas circunstancias del momento, la Compañía del Norte no pudo realizar una transformación completa según los principios preconizados por Chapelon y mantuvo la presión original de 16 kilogramos. Por el contrario, se incrementó la superficie de calefacción del recalentador, el escape original se sustituyó por el más eficiente Klychap, se aumentaron las secciones de paso del vapor y las válvulas de distribución cilíndricas originales se vieron sustituidas por otras más modernas Dabeg.

Renfe recibió entre 1946 y 1948 las 28 nuevas locomotoras de la serie 241-4067 a 4094, una versión «tunning» de las magníficas «montaña» de la Compañía del Norte. Depósito de Alsasua. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

Tras el buen resultado obtenido, su esfuerzo de tracción se incrementó en un 15% respecto al diseño original, sin que por ello aumentara el consumo de carbón y agua, la Compañía del Norte decidió adquirir nuevas locomotoras que incorporasen de serie estas mejoras. Dado que en esas mismas fechas matriculó las «montaña» que adquirió de ocasión a la Explotación de Ferrocarriles por el Estado y a Andaluces a partir de la 4690, es de suponer que la previsión inicial fuera de 33 unidades, las que deberían haber cubierto el hueco en la numeración que quedaba libre a partir de la 4656.

Dada la situación del momento, esta previsión nunca llegó a cumplirse. En 1941, Renfe rematriculó las «montaña» heredadas de Norte en la serie 241-4001 a 4056, mientras que las originarias de Andaluces se marcaron a continuación, de la 241-4057 hasta la 241.4066. No obstante, el mismo año de su constitución la empresa estatal finalmente se decidió a adquirir un lote de nuevas «montaña» basadas en el tunning que había experimentado la 4648.

Detalle de algunas de las innovaciones introducidas en las locomotoras 241-4067 a 4094 de Renfe, como la distribución mediante válvulas Dabeg, la ampliación de la sección de los pasos del vapor o el escape doble Klychap. Fotografía de Christian Schnabel. Archivo Euskotren/Museo Vasco del Ferrocarril

En lugar de 34, Renfe adquirió finalmente 28 locomotoras. Matriculadas a continuación de las de Norte y Andaluces como 241-4067 a 4094, todas ellas fueron construidas por Babcock & Wilcox entre 1946 y 1948, empresa que les otorgó los números de fábrica 524 a 551. Resulta llamativo que, pese a su indudable origen Norte, en principio estaba previsto utilizarlas en las antiguas líneas de su rival, MZA, donde se esperaba mejorasen las prestaciones de sus rivales, las 1700. Sin embargo, aunque en 1951 el depósito de Madrid-Atocha contaba con ocho de estas máquinas, pronto todas se concentraron en Miranda de Ebro y Valladolid.

Pese a sus magníficas prestaciones, la vida de estas locomotoras fue relativamente breve. Muy apreciadas por los maquinistas por su estabilidad de marcha, la facilidad con la que podían superar los 100 kilómetros por hora y las grandes marchas que efectuaban a regulador cerrado o con la admisión al mínimo, los responsables de los talleres no compartían esta opinión debido al exquisito mantenimiento que exigían. La llegada de las «confederación», primero, y la completa electrificación de la línea de Madrid a Irun, concluida en 1968, precipitó su final y las primeras se desguazaron en 1966, cuando apenas contaban con veinte años de servicio, mientras que las últimas se retiraron del servicio en 1969. Por el contrario, los últimos ejemplares de las 1700 de MZA, más antiguas y menos eficientes, pero mucho más sencillas de mantener, se mantuvieron activas en el depósito de Salamanca hasta 1971.